lunes, 16 de abril de 2012



El ilustre Bonetto

El ilustre Bonetto se levanta todos los días entre semana a las ocho menos diez. A veces se olvida de apagar el despertador los sábados y domingos, lo cual pone de muy mal humor a su mujer porque ya no es capaz de volver a dormirse. Se ducha, se echa espuma en el pelo y baja a desayunar a eso de las ocho, un café solo, recién hecho, que se bebe de un trago, probablemente abrasándose la lengua. Saca la bolsa de basura y pone una nueva, se calza el abrigo, da un beso a su mujer y avisa a sus hijos. A las ocho y diez como tardísimo están fuera, subiéndose al coche, al Kia Carnival azul que está aparcado frente a la puerta. Deja a su hijo pequeño a los pocos minutos en el instituto, y continúa el viaje con su hija mayor, por una carreterucha peligrosa y llena de curvas que, si la sigues durante unos veinte minutos, te lleva al pueblo de al lado. Por el camino, enciende la radio y escucha las noticias del día, mientras su hija lleva los cascos puestos y se aísla en su música, medio dormida. Siempre le dice algo el ilustre Bonetto a su hija, tipo a qué hora acabas hoy las clases o vaya cara de sueño llevas, y ella pausa su ipod y contesta con monosílabos porque no le apetece mucho hablar cuando está recién salida de la cama. Se acaba la carretera de las curvas y se desvían hacia la estación, donde el ilustre Bonetto deja a su hija mayor despidiéndose con un beso y deseándole un buen día. Y mientras ella va en tren a la universidad, él sigue su trayecto hasta el trabajo.
No sé bien lo que hace allí, solo sé que es bastante imprescindible y que, aunque no es el jefe, los jefes dependen de él. Porque es el que más sabe de informática de toda la pequeña empresa, y que entiende de todo, además. Le dijo un día en tono de broma a su hija que "sin mí estarían perdidos", lo cual resultó ser totalmente cierto.
Sale de trabajar a eso de las tres, aunque los viernes sale un poco antes y recoge a su hija de la universidad. Estos días, ella ya más despierta y animada, los pasan hablando en el coche de todo un poco, de música, de política (el ilustre Bonetto se interesa mucho por las inquietudes políticas de su hija, aunque ella tiene pocas, en realidad), de exámenes y de cosas varias. Llegan a casa, en la que huele a comida rica y la mayoría de las veces ya está puesta la mesa, y comen todos, menos la pequeña que está en el cole, hablando de trivialidades y comentando entre risas y bromas cómo ha transcurrido la mañana. Los días que no son viernes y el ilustre Bonetto llega más tarde a casa, come él solo en la cocina mientras lee el periódico, y luego se sienta en el sofá junto a su mujer y charlan un rato y beben grappa y se abrazan.
A eso de las cinco y media el ilustre Bonetto empieza a mentalizarse de que tiene que irse a su tienda, segundo sitio donde trabaja y al que cada vez llega más tarde porque, la verdad, no va mucha gente (en un pueblo tan pequeño no es buena idea abrir un negocio y menos en plena crisis), pero él es feliz allí y hace lo que le gusta, trastear con ordenadores y, probablemente, comentar en ese foro de Fórmula 1 en el que lleva registrado unos cuantos años y que es su pasión y su único vicio.
Cuando es hora de cerrar la tienda, a las ocho y media, llega a casa cansado pero sabiendo que aún le quedan unas horas de día por delante. Cena algo, enciende el ordenador de nuevo, discute de fútbol con su segundo hijo o se pone a escuchar una ópera, a saber La Traviata, Lucía di Lammermoor, Las bodas de Fígaro o alguna otra. Si es viernes suele salir a cenar con su mujer a un restaurante italiano que hay en el pueblo de al lado y, si alguno de los cuatro hijos se pone pesado, se lo llevan con ellos de cena "sin que se enteren tus hermanos" y él se siente muy orgulloso de haber sido el elegido.
A veces el ilustre Bonetto se queda dormido mientras está con el ordenador, otras sube a la cama temprano con su mujer, y en las últimas navidades se quedaba con su hija mayor viendo óperas en la tele hasta horas bastante avanzadas (que las óperas son largas y ponen muchos anuncios).
El viernes 13 de enero el ilustre Bonetto no pudo volver a casa a comer con su familia. Porque Dios decidió que era más necesario en otro sitio, quizá que los cuidaría mejor desde el cielo o, a lo mejor, su hermana pequeña le echaba mucho de menos y se lo llevó con ella.
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Esto, escrito por Ada Vánder en http://hastaeldiaquelapalmes.blogspot.com ha tenido un comentario que dice:
Es terriblemente cruel que nos introduzcas a un personaje y a su familia, que al parecer es un buen hombre y muy trabajador, para que luego lo mates así como así, pero igual a resultado un buen relato y me ha gustado.
Besos de neón, y espero seguir leyéndote cuando pueda.

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Al cual, Ada Vánder ha respondido así:

Sí, ojalá la historia hubiera acabado de otra manera. O no hubiera acabado aún.

Y sí que era buen hombre, uno de los mejores, si no el que más. Palabra de su hija mayor :)

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 Este desconocido ha descrito perfectamente todo, una realidad terriblemente cruel, un hombre bueno y trabajador que se ha matado así como así.

  ¡Ay Bonetto... cuánto se te quiere!

 

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