martes, 24 de septiembre de 2013

Hoy hace cuatro años, el 24 de septiembre de 2009, día de la Merced, fue el trasplante de Yrma, la hermana de Luis.

Nos gustó que fuera ese día, que se cambió en el último momento por causas de organización del hospital italiano, porque coincidía con la Virgen de Las Mercedes, Virgen muy querida sobre todo en la familia de mi suegro, pues así se llamaban su hermana y su madre. Nuestra Señora de la Merced estaría pues, allí, pendiente de todo, como no podía ser de otra manera.
 Ahora me doy cuenta de cuántas veces ha estado la Virgen pendiente de Luis.
Nos levantamos muy pronto para ir al hospital. La carretera a esas horas estaba cargada de coches, era un viernes, si no recuerdo mal, y la gente iba a sus trabajos indiferente a nuestro problema, a nuestro agobio, a nuestro miedo... Nos habían dicho que era sencillo, pero conllevaba un riesgo importante.
 Luis debería estar conectado a una máquina durante unas 3 o 4 horas que le sacaría sangre de un brazo, la cual entraría por el otro una vez pasada por la máquina que se llevaría no sé qué células, células madre, que después transfundirían, si es que se dice así, a Yrma. Para crear esas células madre y que la sangre estuviera bien cargadita de ellas, Luis había tenido que tomar durante una semana una medicina que forzaba su creación y que como consecuencia le producía dolores óseos y malestar general. Dolores y malestar que llevó admirablemente, sin apenas quejarse, porque tenía muy claro su papel de "donatore" y cómo gracias a él, su hermana se llenaría de vida.
Esa semana previa al trasplante en la que se estuvo pinchando la medicina, (como un yonqui, en el coche, en el cuarto de baño del restaurante, en la puerta de la "Galería de los Uffizi"...),  la disfrutamos como un segundo viaje de novios. Habíamos viajado a Italia, a la maravillosa Toscana, el 15 de septiembre. Dejamos a los niños al cuidado de mi tía, y a mí tía al cuidado de los niños... menos Ana, que se fue con mi hermano, los demás se quedaron en casa cuidándose mutuamente. Todo era perfecto, el tiempo, el paisaje, los museos, los pueblecitos, la gente; probablemente hayan sido los días más felices de mi vida. Disfrutamos de nuestro amor de una manera increíble. Era como un viaje de novios pero con el peso de 20 años de convivencia, de perfecto conocimiento uno del otro, de 20 años en los que el amor se había ido aposentando con solidez.
Íbamos camino del hospital nerviosos, temíamos que el tráfico nos hiciese llegar tarde, y eso unido a la intranquilidad que ya de por sí nos producía el trasplante, provocó que discutiéramos de forma un tanto desagradable. Recuerdo que llegué a decirle:

 - no tengo por qué acompañarte ¿entiendes? como si fueras tú el único que lo está pasando mal con todo esto!!!-
 ¡¡Pobre mío!! justo lo que necesitaba oir en un momento así, pero entonces yo me sentía una incomprendida por estar en un segundo plano, pues él era el importante, el bueno, el protagonista, il donatore  y yo no era más que la acompañante. ¡Vaya tonta! Gracias a Dios en cuanto aparcamos el coche y después de haber llorado como una niña mimada durante un rato, se nos pasaron los nervios y volvimos a abrazarnos como dos novios enamorados.
El hospital de Siena es destartalado y viejo. Los pasillos anchísimos están abarrotados de estudiantes, de médicos, de enfermos y enfermeras, es bastante caótico, y si a esto le añadimos que hablan italiano...¡entonces el lío está servido! Luis sabe dónde tiene que ir. Andamos deprisa y con el corazón a cien por hora. Ha llegado el momento, ya no hay marcha atrás. Le van a conectar a una máquina vampiro, pero cada gota de su sangre va a ser una gota de vida en el cuerpo marchito de su hermana.
Llegamos. Rápidamente le meten dentro. A mí no me dejan pasar. Me dicen que espere ahí que en cuanto le preparen podré entrar y acompañarle. Entonces me voy a buscar la capilla. No la encuentro. Por fin veo al fondo de un pasillo una imagen de La Milagrosa. Me pongo delante de ella pero no sé rezar nada. La miro, eso es todo. Vuelvo a la sala de espera. La angustia me devora. ¿Qué estará pasando dentro? No se oye nada, nadie sale a avisarme y ya ha pasado más de media hora, ¿qué pasa que no me llaman? No puedo preguntar porque soy incapaz de decir en italiano que soy la mujer del donatore, que hace ya mucho que se han llevado a mi marido, que me han dicho que me llamarían, pero que nadie me llama...
Decido rezar el rosario. Lo rezo mal, me salto Ave Marías, repito estrofas... ¡un desastre!
Por fin me llaman; me llevan a una sala en la que está Luis en una cama como crucificado: los brazos atados a los lados. Los tubos que salen de ellos están rojos, la sangre corre a sus anchas. Un médico nos habla en italiano perfecto, no entendemos ni papa.
-¿Tutto bene Luis?
- Tutto bene
Pero no es tutto bene, a Luis se le duermen los labios y la lengua y no sabemos explicarlo. Al cabo de una hora ya no puede más en esa postura, tiene la rabadilla hecha un cuatro. Los brazos también se le duermen y lo peor es que está desasosegadísimo. El tiempo no pasa. Yo no sé ya de qué hablar para distraerle. Es todo bastante angustioso. Mucho peor de lo que nos habían dicho. El pobre lo está pasando fatal. Quiere hacer pis. A ver cómo se lo decimos a la enfermera. Milagrosamente nos entiende. Vuelve con la botella esa y dice:
- hala la pipí
Pero la pipí no sale.
Es como de chiste, la pipí no quiere salir y la vejiga le revienta de dolor. Es una situación  absurda y humillante. La enfermera decide irse no vaya a ser que sea ella la que le corte el chorro. Pero no, no sale tampoco sin la enfermera.
No recuerdo bien si pasaron tres o cuatro horas. ¡Por fin hemos llegado al final! Le desconectan. Está mareado,  ¡pero hay que ir al cuarto de baño ya!!
En fin... después de unos minutos y de un pis larguísimo hemos terminado. Ahora toca reponerse, comer, dormir, reírse, abrazarnos, querernos...y tanto nos queremos que luego, una vez en casa, aunque él casi no puede moverse, hacemos el amor. Si después de eso yo me hubiera quedado embarazada, ese niño habría sido fruto del amor más puro y verdadero que pueda existir en la tierra.
Esa misma tarde le hacen el trasplante a Yrma. Todo sale bien. Todo es precioso. Luis pasa con su hermana un montón de rato. A mí no me dejan pasar, me quedo otra vez sola en la sala de espera. Ellos dos juntan sus vidas para siempre. Son como dos niños de esos que salen en las películas sellando un pacto con su sangre. Pero en este caso, de verdad, han sellado su pacto de amor, su pacto de vida y esperanza y han juntado su sangre eternamente.

Aún pasamos en Italia una semana más. Le tienen que hacer ecografías del bazo y del hígado, además de análisis y de comprobar que no hay ninguna consecuencia mala, aunque esta puede dar la cara durante todo un año después. Aprovechamos esos días a tope. Nos conocemos la Toscana al dedillo y decidimos que en un tiempo no muy lejano nos iremos a vivir ahí porque es lo que nos gusta. Es una ilusión que tenemos pendiente desde que se casó su hermana en el 2004, y ahora la vemos factible. En cuanto podamos la vamos a hacer realidad. Viviremos en San Quirico en esa casita de piedra; o tal vez en Montichiello en esa otra del ciprés. De momento volvemos a casa con el corazón esponjado y el amor brillante recién barnizado, pues no todos los días se presenta la oportunidad de hacer algo tan grande como ser donatore.

Han pasado cuatro meses, estamos en enero, y algo no va bien. Parece que hay rechazo.
En febrero los médicos italianos tiran la toalla, no hay nada que hacer. El rechazo es grave y la sangre de Luis ataca al cuerpo de Yrma sin misericordia.
La traen a España en un intento desesperado de seguir luchando.
Se hace un nuevo trasplante porque los médicos españoles incomprensiblemente así lo deciden.
Esta vez es en La Paz. Nada es tan bonito ni tan romántico como en Siena. Vamos para allá una mañana fría del mes de febrero. Cogemos un buen atasco por la M-30 y otra vez discutimos y nos peleamos en el coche. Está visto que los nervios nos traicionan de nuevo.
A medio día volvemos a casa, ha sido fácil, cuando está en juego la vida de tu hermana, dar un poco de sangre y marearse un rato no tiene mayor importancia.
El rechazo sigue y por si fuera poco la leucemia se vuelve a abrir camino. Es como una planta invasora, por más que la podes crece y crece y se come todo.
Estamos en agosto. Yrma no pesa más de 30kg. La vida se le escapa por su piel reseca y marrón, ¡increíblemente marrón!
Han venido de Italia las niñas para estar con su mamá, tienen 3 y 4 años.
El 31 de agosto Yrma se va al cielo.
¡¡¡¡Pero es que se ha llevado con ella la sangre de Luis!!!!
¿Qué no se dirían en ese año y medio que los separó? ¿A qué tanta prisa por volver a juntar sus vidas?
Lo que pasa que ahora la vida que se donan no se muere, no se marchita, no se pinta de marrón!!!! ¡¡Qué felices estarán los dos!!
 Yrma no ha consentido estar allí sin su fratellone querido, se ha llevado a su hermano donatore, porque lo llevaba dentro!!!! porque habían hecho un pacto de sangre, un pacto de amor.

Pero una vez más me voy a tener que enfadar pues me han vuelto a dejar en un segundo plano y se les  ha olvidado llevarme con ellos, otra vez me he quedado en la sala de espera, esperando.
 No me queda más remedio que rezar el rosario, prometo hacerlo bien esta vez y no olvidarme de ningun Ave María.