La "mía casita de Monticchiello" ha sido abandonada. Un día felice, como cualquier otro, llamaron a la puerta a media mañana. El timbre sonó estridente y el alma vibró con la agudeza de las cuerdas desafinadas de un violín.
La Niña abrió la puerta con la decisión y la alegría de la recién estrenada madurez; a sus 19 años sabe ya más de la vida de lo que debiera.
La cara del guardia civil era fría e inexpresiva. No existe calor, ni expresión para comunicar algo así.
Sus palabras iban cayendo como piedras en un pozo de agua negra, se hundían sin hacer ruido. Yo creo que ese pozo no tiene fondo y las piedras bajan y bajan, con lentittud, como si en lugar de agua, fuera un líquido oleoso, espeso y denso, ¡chapapote! ¡eso es! es un pozo de chapapote. Lo que allí cae, desaparece engullido en la negrura pastosa del dolor.
Los gritos de la Niña se chocaban con las paredes de toda la casa, retumbaban y atraían al llanto que se me avalanzaba a la garganta produciendo una sensación que dificultaba la respiración, la aceleraba y la hacía jadear en jaculatorias, ¡Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme!
El guardia hablaba no sé de qué, me contaba la hora, el sitio, decía un teléfono, un lugar... mi cabeza no era capaz de entender nada, la sensación era como si la estuvieran barriendo y me producía un mareo vertiginoso, en el que se sucedían imágenes atropelladas: un beso, un café de desayuno como cualquier café, una Niña Chica en el cole ajena a todo, los Chicos que volverían con su moto, sus cuadernos, sus mochilas llenas de proyectos truncados, la Niña madura seguía gimiendo con la desesperación del pájaro herido que no puede alzar el vuelo, y otra vez el beso de la mañana, un beso eterno, que vuelve todos los días, aunque ahora sin cuerpo, sin roce y sin calor; frío y duro como la muerte, que se posó esa mañana del 13 enero en mis labios.
La casita de Monticchiello está ahora en silencio, muda de asombro, abandonada.
Sus cipreses me miran y se burlan. Todo el camino ha quedado polvoriento.
Sin embargo he plantado un nuevo ciprés en otro campo, todavía es pequeño y no sé si prenderá. A Luis le gusta. "Te queremos mucho, tu mujer y tus hijos", así se llama y lo pone en una cinta enrollada en su tallo.
Es un campo azul y verde. Con el cuidado de un Dios amoroso, Jesús estuvo en ese campo esa mañana porque tenía que recoger un alma grande. La cogió entre sus manos con la suavidad de una madre que acaricia a su niño recién nacido, la besó con todo el amor de un Dios y la alzó hacia el cielo con tanta ternura... Por eso en ese campo solo hay paz, la paz de una madre, la paz de un Dios.
http://www.youtube.com/watch?v=5nHq4HTKIHg
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