Durante los últimos años la ópera había entrado a formar parte de nuestras vidas. No sé explicar bien el motivo, fue despacito haciéndose un hueco en las conversaciones, en los CDs del coche, en el mp3...y empezó a acaparar todo. Nos acompañaba en los viajes, en casa durante las tardes invernales, hasta en los paseos a los perros Luis ponía a la Callas o a la Caballé en su móvil.
El mes de mayo pasado fuimos a ver La Traviata y aquello fue el detonante de una nueva pasión, sobre todo para él, que luego me contagió irremediablemente.
Con la ópera pasa que cuanto más la oyes, más te gusta, incluso me atrevería a decir que para que guste hay que oírla mucho; al principio cuesta y cansa, pero llega un momento en el que es como si se encendiera una luz y después ya no se puede apagar. Una vez encendida te engancha y te hace prisionera.
Así, nos hizo prisioneros de su angustioso amor Violeta y Alfredo, o Susana y Fígaro de sus picardías.
Teníamos una nueva ilusión, ir algún día al Teatro Real a ver La Traviata.
El día que murió Luis me llamó la atención que había una luna muy rara. No sabría decir si era menguante o creciente pues estaba en horizontal. Parecía una media naranja partida en dos, pero rota como a la fuerza. Estaba desgarrada, descuajaringada. Solo se veía la parte de abajo. La de arriba, pensé, era su alma que había llegado ya al cielo; la de abajo era la mía que se había quedado aquí.
Hoy leo en el periódico un artículo comentando no sé qué ópera que han estrenado en el Teatro Real. Lo voy leyendo con interés, pero me invade una mezcla de envidia y rabia por no haber ido. No hemos podido ir. Y termino leyéndolo por encima.
Sin embargo, creo que Luis sí estuvo allí; el periodista no lo sabe, pero yo sí.
Él termina el artículo diciendo: ",,,salimos del Teatro Real y vemos el extraño cielo de 2012: la luna horizontal y esa nueva estrella inexplicable..."
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