El coche avanza por un camino de tierra ancho y amarillo, flanqueado por un ejército de cipreses en formación que te miran pasar silenciosos, con sus ramas apretadas de secretos. Si miras hacia atrás ves el polvo que levantan las ruedas arremolinarse junto a ellos, para posarse después en sus pies. La casa se alza en la cima de una colina, y desde allí, en lo alto, mira cómo se pasa la vida.
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