lunes, 18 de enero de 2010

Pan y vino

Casi todos los días antes de comer, Cati se acerca a la cocina en busca de un aperitivo. Coge un vaso de vino y un trozo de pan y se sienta contentísima a tomárselo. Mientras, yo estoy terminando la comida y la pobre Cati me estorba contínuamente.
No habla, afanada como está en su pan y en su vino. Sigue con la cabeza todos mis movimientos, la veo hacerlo con el rabillo del ojo, si levanto el brazo para alcanzar el aceite, ella levanta la cabeza a la vez; si me agacho y cojo una cazuela, ella la baja también. Me recuerda a un perro al que le muestras una loncha de jamón y si luego la mueves hacia un lado y otro, él sigue el recorrido con suma atención. Cati hace lo mismo.
Al cabo de un ratito, cuando el vino empieza a hacer efecto, Cati irremediablemente, se duerme. La barbilla se apoya en el pecho, el pan se resbala de la mano, el tronco comienza a ladearse, ¡se va a caer! Misteriosamente no se cae, se inclina y se inclina hacia un lado pero nunca pasa de ahí; debe tener un ángel sujetándola.

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