lunes, 1 de febrero de 2010

Las rosas de la niñez

¡Qué terrible es la vejez, que regresa a la infancia dejando por el camino todas las rosas!

 A veces pienso que Máxima es como una niña caprichosa y maleducada, y sin ninguna de las bondades de la niñez. Si fuera una niña, yo le llamaría la atención o la regañaría, creo que continuamente, pero no puedo hacer eso porque no es una niña, es una vieja.
Y es que con Máxima no puedo, así como Cati es toda dulzura, ella, Máxima, es... no sé cómo decir, como un animalillo. Se mueve por instinto, sin reparar en el otro, hace lo que el cuerpo le pide en cada momento, si tiene hambre come, aunque sea el último Donut y ella ya se haya tomado varios; si tiene sueño duerme, si le pica la nariz estornuda estrepitosamente sin importarle quién esté delante...
Hay que intentar no mirarla mucho.

Máxima perdió todas las rosas por el camino.

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